Habiendo vivido solamente quince años, Richie aun
no tenía voto ni voz. Sus padres seguían considerándole demasiado pequeño para
decidir, no obstante él ya había elegido su propio camino y esperaba que su
madre lo entendiese.
Se giró y observó a su madre que estaba sentada en
el sofá hablando por teléfono. Se encogió de hombros y volvió a apartar la
mirada hacia la televisión.
—Nos estamos divirtiendo mucho, aunque os echamos mucho de menos a ti
y a Scott. Cariño, espero que vuelvas pronto a casa… —era su padre quien estaba
tras el teléfono.
Aquellas vacaciones, supuestamente iban a ser para toda la familia.
Richie aun no sabía porque su padre y su hermano, no habían podido ir con
ellos, por supuesto que no quería saberlo. Estaba enfadado con toda su familia
por tratarle como al pequeño de la casa. Ya tenía quince años y sabia hacer
cosas solo, pero los demás no podían verlo.
Si el permiso de su madre, apagó la televisión y salió de la
habitación del hotel. No sabía hacia dónde ir, sin embargo, se dirigió hacia
afuera. Se encontró una gran calle llena de personas caminando hacia todos
lados.
Caminó hacia ninguna parte, buscando algo entretenido que le cambiase
la vida. Siendo sinceros, siempre buscaba lo mismo: aventuras y emoción. El un
instante, supo que había algo de aquel pueblo que no había visto: el lago.
Preguntó a distintas personas para poder llegar al gran lago.
Una vez que llegó a su objetivo, se quedó asombrado al ver el agua
transparente que le rodeaba. Se encogió de hombros y embozó una sonrisa, se
alegró de que la estúpida de su madre no estuviese allí junto a él.
Cerca de él, había unos niños pasándose el balón. A su derecha, en la
verde hierba había una pareja tumbada, en pocas palabras, comiéndose la boca.
Detrás estaba un grupo de amigos, parecía que se lo pasaban bien.
—Bonito ¿verdad, amigo? —le dijo una voz procedente detrás.
Richie se giró sorprendido. Era una joven de cabello castaño y corto,
un poco más baja que él, sus ojos eran marrones.
—Sí, realmente es bonito —afirmó Richie, intentando disimular la
felicidad que sintió al ver el lago.
—No te he visto nunca por aquí ¿quién eres? —preguntó la chica.
—Me llamo Rich… —ella le interrumpió con un beso.
Richie no supo cómo actuar, se quedó
paralizado al sentir los labios de aquella chica pegados a los suyos, no hizo
nada, solo continuó. En un instante, detuvo el beso y se giró. Le sonrió y
comenzó a caminar hacia dos chicos que había apoyados en un árbol.
—¡Espera! —dijo Richie sorprendido. Corrió
hacia ella antes de que llegase junto a sus amigos.
La chica se giró en cuanto él le agarró del
brazo deteniéndola.
—¿Qué quieres?
—¡Me has besado y te vas de esa manera!
—¿Ves a esos dos chicos detrás de mí? Son Kevin
y Teo. Perdí una apuesta con ellos y si no te besada, se quedarían todos mis
videojuegos… ahora que te he besado, me tienen que invitar a una cena.
—¿¡Qué!? —Richie se quedó nuevamente
boquiabierto.
—Que no quiero nada contigo ¿entiendes?
—Sí… sí… entiendo.
Richie, encogido de hombros le dio la
espalda y caminó hacia el frente. Observó como un joven de cabello castaño, se
acercó a él. No sonreía y tenía la cabeza bajada.
—Veo que has tenido problemas —susurró.
—¿Qué? —Richie se sintió confundido.
—He visto el beso y… normalmente ellos suelen
hacer apuestas.
—Ya lo supuse…
—Me llamo Pablo ¿Y tú?
—Richie… y… ¿cómo se llama ella?
—Es Helena… ¡aunque eso no importa! ¿Me
quieres ayudar?
—Por supuesto —contestó Richie con una
sonrisa.
***
Sharon apenas había visto a su hijo irse de
casa, sin embargo, no se preocupó. Era un chico torpe, pero podría cuidarse
solo en un pueblo tan pequeño como aquel.
Dejó el teléfono sobre la mesa y escuchó
como alguien tocaba la puerta. En el primer momento imaginó que era Richie,
seguramente se había dejado algo que necesitaba. Se levantó del sofá, sin ganas
y se dirigió a la puerta. Cuando la abrió, se quedó boquiabierta, no tenía
palabras para describir lo que había visto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó horrorizada.
***
Aquella no era la mejor racha de Kass, quien había estado horrorizada
desde que su madre falleció una semana anterior. Se había tenido que ir a vivir
con su padre, lo cual no era tan malo, pero el cambió había sido demasiado
precipitado y grande. Sin saber qué hacer, se levantó de la cama y salió de su
habitación.
Llegó a la cocina donde estaba Rose, la
sirvienta que se encargaba de que todo estuviese en orden en su casa.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Kass.
—No, señorita, no ha pasado nada… —contestó Rose encogida de hombros.
—Te conozco y lo sabes.
—He manchado la camisa favorita de su padre… no sé cómo reaccionará
cuando lo descubra
—No te preocupes, Rose —contestó Kass con una leve sonrisa.
Aburrida salió a la calle, donde observó a Pablo y Richie llevando
unas cajas con las manos. Se preguntó que estaban haciendo.
***
Richie había estado ayudando a Pablo a
llevar unas cajas a su casa. Una vez hizo el trabajo, regresó al hotel donde se
encontró con su madre.
—Hijo, tengo que decirte algo —dijo Sharon
sonriendo.
—¿Qué pasa, mama? —A Richie le extrañaba ver
a su madre sonreír de aquella manera, algo demasiado bueno tendría que haber
ocurrido para que estuviese de tan buen humor.
—¡He comprado una casa en este pueblo! ¡Nos
mudamos hoy mismo!
—¿¡QUÉ!? —Richie apenas era consciente de lo
que escuchaba.